Miércoles, 20 de noviembre 2019 - Diario digital del Perú

La clase política, hoy


Guillermo Vásquez Cuentas

Guillermo Vásquez Cuentas
26 d

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Foto: ANDINA/Jhony Laurente.

Los analistas de la actualidad peruana coinciden en lo inédito y al mismo tiempo crucial de los hechos y fenómenos que prevalecen con inusitada velocidad en la lucha por el poder político del Estado y en su ejercicio y administración a cargo de las instituciones oficiales, en la presente histórica coyuntura. Veamos.

El paulatino develamiento de la espan­tosa corrupción que había estado cre­ciendo desde hace varias décadas en las entrañas del poder real al amparo del secretismo y de una preten­dida impunidad, corre parejo con la no menos grave proble­mática económico-social que el país confronta.

Prisión preventi­va, fuga al exterior, pase a la clandesti­nidad y hasta suici­dio, combinados con extracción masiva de nuestros recursos naturales, contami­nación de cuerpos de agua esencial para la vida humana, escandalosa pre­cariedad en salud y educación, altos sueldos de una burocracia dorada socialmente insensible, bajos ingresos de las mayorías poblacionales, delincuencia cada vez más feroz y extendida, polí­tica internacional digitada des­de la potencia dominante, son, todos, titulares frecuentes en aquellos medios de comunica­ción comprometidos en diverso grado con las masas de ciudada­nos de a pie.

Ambas situaciones proble­máticas, la política y la social, se­rán determinantes para la con­figuración de la nueva realidad peruana que debe emerger en el país en los próximos años, con la renovación de líderes y dirigen­tes nuevos y comprometidos con las mayorías nacionales, pero so­bre todo con la nuevas reglas de una nueva carta política nacio­nal, exigida a gritos la situación constituyente que vivimos, para reemplazar los estatutos aborta­dos en octubre de 1993 para im­poner el neoliberalismo salvaje a rajatabla.

El momento histórico se pre­senta excepcional por la can­tidad y diversidad de hechos y fenómenos, frente a los cuales nuestros estadistas, las autori­dades gobernantes y los polí­ticos no podridos que todavía detentan parcelas del poder y especialmente los que buscan acceder a ellas (léase candidatos a cargos públicos no incursos en imputaciones de corrupción), deben agudizar su lucidez para no perderse en la enmarañada ur­dimbre de acontecimientos; pero sobre todo, dejando confron­taciones momentáneas entre compadres llamados Ejecutivo y Congreso, deben tomar posi­ciones claras de cara al pueblo, sobre sus necesidades y aspira­ciones de fondo, de importancia decisiva, cada vez más exigidas orientadas a refundar la repú­blica.

Los conspicuos integrantes de nuestra clase política deca­dente, deben darse cuenta de que ningún peruano -salvo que esté comprometido- puede dar las espaldas al proceso justiciero que llevan a cabo el Poder Judi­cial y la Fiscalía de la Nación y de que en el futuro inmediato y mediato ese proceso solo deberá detenerse cuando la salud moral de la nación se halle totalmente restablecida, es decir cuando la ética política repose sobre el re­chazo total y completo de la fal­sa creencia en la impunidad, de esa que en años pasados y hasta hace poco socapó tantos críme­nes contra los derechos huma­nos, contra los intereses nacio­nales, contra el Estado y contra la sociedad.

Las distintas formas de in­conducta corrupta y ventajista que infortunadamente preten­den afirmarse en las estructuras nacionales por obra de los po­líticos de todo pelaje, tienden a contaminar el quehacer político administrativo no solo dentro de las ramificaciones de los gobier­nos, sino también dentro de las instituciones sociales privadas de todo tipo, sean empresaria­les, gremiales, representativas, asociativas, comunales; y de ese efecto de imitación contami­nante hay abundantes pruebas a lo largo y ancho del territorio nacional.

Creemos firmemente que La lucha contra la corrupción no debe darse solo en las alturas y vericuetos del poder político de Estado, sino que debe darse también con fuerza en el seno de las organizaciones sociales de derecho privado y de variada índole que existen en la sociedad peruana.

La clase política dominante, si quiere durar, tendría que ser efectiva actora y agente promo­tora del bienestar general me­diante la atención a las aspiracio­nes populares mayoritarias, que esperan la plasmación de histó­ricas reivindicaciones económi­cas, sociales, étnicas y culturales, nacidas desde la misma invasión europea hace cerca de 500 años y combatidas sin tregua por el dominio civilista, prácticamente hasta nuestros días.

En ese marco histórico, los políticos nacionales y locales deben tener en debida cuen­ta, además, que el Perú, Puno y otras regiones, han cambiado en cuanto a las fuentes poblacionales más influyentes, es decir, de aquellos sectores de donde surgen con mayor efectividad las voluntades para constituir el poder legítimo mediante el voto democrático.

En uno y otro comienzan a imponerse los “hombres color de la tierra” portadores de una rica cultura surgida y construi­da autónomamente desde mile­nios, que pese a la imposición de mistificaciones, deformaciones y persecuciones, persiste en sus líneas fundamentales a través de los siglos.

Los políticos que no partici­pan de los propósitos generali­zados de cambio social integral y participativo, se adscriben al mundo de lo que les sigue pare­ciendo, pero que comenzó a dejar de ser como ellos quisieran que sea, hace buen tiempo.

Es hora de apurar los imprescindibles cambios.

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