Miércoles, 22 de mayo 2019 - Diario digital del Perú

Recordando a Javier Heraud


Milcíades Ruiz

Milcíades Ruiz
15 d

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Está cercano el “Día de la Madre” y no pude evitar recordar a la madre de Javier Heraud, a la mía y a la del sindicalista Luis Zapata Bodero, que al enterarse de que su hijo querido había caído luchando en la guerrilla del ELN en Ayacucho, sintió el desgarro emotivo que la estremeció de tristeza y llanto. Luego del golpe, reaccionó con gran coraje y nos dijo: “Hay que seguir en la lucha”.

Hace 56 años el calendario era como el actual. El día 12 de mayo de 1963 se celebró el Día de la Madre, pero ese día la mamá de Javier Heraud como de muchos jóvenes becarios que fueron a estudiar a Cuba, no recibieron el abrazo ni la llamada telefónica que toda madre espera. Todas se preguntaban ¿Qué habrá pasado?

Ese domingo, Javier Heraud, con uniforme verde olivo, dejaba atrás el río Manuripi en la selva boliviana y caminaba por un sendero “entre pájaros y árboles” cargando una ametralladora ZB30 rumbo a la frontera con Perú, cerca de Puerto Maldonado para iniciar la guerra revolucionaria por una patria socialista. Tres días después, el 15 de mayo, los medios de comunicación propalaban la noticia de la muerte de Javier acribillado en una canoa en el lecho del río madre de dios. El río era su otro yo, y expiró entre pájaros y árboles.

Es deimaginarse la sorpresa y el inmenso dolor de su madre que lo creía en Cuba estudiando para lo que había sido becado. Y las madres de quienes estábamos en la misma condición de Javier clamando al cielo porque sus hijos becarios no estuvieran en las mismas andanzas. “Tu hijo también está muerto y no va a volver” le decían a mi madre, pero ella se aferraba a su esperanza de fe, en medio de su tristeza. Ellas nos acompañan siempre en el pensamiento, asumiendo sufrimientos de toda índole.

Al recordar a Javier, pienso que tan solo somos un estado de la materia. Una glándula genérica que, al ser impactada por las condiciones del entorno, segrega pensamientos y sentimientos particulares. Es nuestra sensibilidad personal que se procesa desde nuestra gestación. Podemos ser distintos, pero nos acoplamos con nuestros similares. Espontáneamente nos nace cantar, reír o, luchar por un ideal, solos o en compañía. Javier Heraud lo hizo y se incorporó a la Ilíada revolucionaria de su época, sin saberque los dioses del Olimpo dialéctico le tenían reservada una epopeya heroica.

Pero los Apus de nuestra cordillera lo rescataron para nuestra historia y allí mora su ejemplo, como el más puro paladín de los precursores del socialismo peruano. Tenía apenas 2o años, cuando sus proezas poéticas ya eran reconocidas. Pero le faltaba completar la epopeya en su parte más dramática. Coincidimos en este escenario, junto con nuestras madres. Javier era un río y no tenía miedo de morir entre pájaros y árboles, pero se atrevió a desafiar su designio, como lo hicimos sus compañeros asumiendo el llamado histórico.

No estaba solo cuando en 1961, una bandada de jóvenes, se posaba en la casona de la Universidad de San Marcos para postular un mejor futuro, accediendo a una beca de estudios ofrecida por la triunfante Revolución Cubana. El jolgorio juvenil nos embargaba abrigando muchas ilusiones y partimos en el verano de 1962, rumbo a la Habana. Al llegar encontramos una gran euforia popular. Eran los primeros años de la construcción socialista y la efervescencia estaba en su punto más alto.

En este nuevo escenario, veíamos a todo el pueblo armado circular por las calles, ya como soldados uniformados de verde olivo, ya como milicianos con uniforme jean azul. Hermosas milicianas con pistola al cinto, boinas y botines militares, hablando de los logros, de la guerra de guerrillas, de los combatientes, de Fidel, de Raúl, del Che, Camilo Cienfuegos y muchas heroicidades.

Los afiches, carteles y retratos de los guerrilleros estaban por todas partes y multitudes llenaban extensas plazas para las conmemoraciones. Las delegaciones revolucionarias de todo el mundo expresaban su admiración y las brigadas de alfabetizadores recorrían los campos. Entre ellos algunos peruanos que llegaron antes. La torrencial lluvia de la Revolución Cubana hacía reverdecer las zonas áridas de la política Latinoamericana. Nosotros éramos los brotes y allí nos encontramos con otros jóvenes de países hermanos.

La reforma agraria, la nacionalización de los recursos naturales y de las industrias, la escolaridad gratuita, con libros y uniformes para todos, atención médica gratuita incluyendo medicinas. Ex trabajadoras domésticas estudiando medicina y otras profesiones. Todo nos conmovía profundamente, impactando nuestra sensibilidad. Imposible sustraerse a este escenario.

Fidel nos visitó en nuestro alojamiento y junto con él, nos sentamos en el piso para hablar de los estudios, de la revolución cubana, de la realidad peruana, preocupándose porque tuviéramos todas las comodidades. Hasta ordenó se le dieran zapatos nuevos al ver a un becario con las zapatillas rotas. Su sencillez, su solidaridad con nuestra situación nos daba confianza para conversar animadamente.

Por eso, cuando al despedirse nos ofreció su ayuda a los que voluntariamente quisiéramos prepararnos como combatientes de la revolución peruana, muchos becarios no dudamos en apuntarnos. Unos cuantos prosiguieron como becarios. Pero ver a Javier Heraud anotarse entre ente los aspirantes no podía pasar por alto. ¿Un joven miraflorino, con modales cultivados, pasaría la prueba previa?

Había que subir por las estribaciones a la montaña más alta de Cuba, el pico Turquino y recorrer los campamentos guerrilleros de “Sierra Maestra”. Pero Javier no solo se enroló, sino también animó a los otros poetas de su grupo de amigos hacer lo mismo. Ellos siempre estaban juntos compartiendo sus afanes literarios. Estaban, Mario Razzeto, Edgardo Tello, Pedro Morote, Rodolfo Hinostroza, Marco A. Olivera. Todos muy jóvenes.

La mayoría de becarios éramos de condición humilde, provincianos y acostumbrados a una vida ruda. Algunos becarios provenían de la serranía donde caminar cerros es común y sufrir los abusos gamonales no era raro. Teníamos sobrados motivos para abrazar la causa revolucionaria, aunque ello nos cueste renunciar a la soñada profesionalización y quizá, hasta la vida.

Mi procedencia era campesina y ya, llevaba años de estudios en la carrera de medicina. De modo que mi disyuntiva era: O solo lucho por mi beneficio personal o lucho porque todos los de mi condición accedan al profesionalismo en una nueva sociedad. Opte por lo segundo. Lo propio hicieron los demás al tomar su decisión respectiva. Pero en el caso de Javier Heraud, resultaba difícil entender su disposición a luchar por los pobres del Perú, abandonado sus enormes posibilidades personales.

Creo que la explicación está en su sensibilidad. Los poetas son los que expresan su sensibilidad de la manera más elocuente. Los insensibles opresores, jamás podrán ser poetas. Poetas hay muchos. Pero no todos tienen la sensibilidad diferenciada del amor por los indefensos a tal punto de dar la vida por ellos. Hace falta una fuerza conmovedora interior como la tenía Javier Heraud. Eso marcó su designio.

Al llegar a la frontera recibimos la mala noticia de que no tendríamos la ayuda comprometida para llegar al teatro de operaciones. Una traición institucional por ambición electorera puso en peligro la vida del conjunto guerrillero dejándonos en abandono. Los Apus de la cordillera discutieron las alternativas dialécticas, pero era necesario que Javier cumpla con su designio, o todos moriríamos en el intento.

Hicimos campamento en San Silvestre, y después de discutir soluciones, decidimos enviar un comando especial en una misión muy riesgosa. Pedimos voluntarios y Javier se apuntó. Traté de disuadirlo, pero todo fue en vano. Al despedirse me pidió mi pistola y se la di con 30 municiones. Iba camino a su inmolación. El designio se cumplió. Su muerte nos salvó de una masacre segura.

Los Apus de la cordillera hicieron que su pecho ensangrentado emanara una diáspora de flores de mil colores que se dispersaron elevándose para alojarse entre los más pobres del pueblo que amó. Su nombre apareció entonces en las promociones estudiantiles, en las solemnidades del mundo literario y muchos asentamientos humanos como también centros educativos, llevan su nombre.

Al igual que Mariano Melgar que respondió a su tiempo, Javier Heraud vive en el corazón de nuestro pueblo. No ha muerto totalmente y su ejemplo sigue animando a nuestra juventud. Está cumpliendo una misión de mayor alcance.

Este 15 de mayo, hagamos algo más que un minuto de silencio, como retribución a lo que Javier hizo por nosotros.

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